Cocinillas, la gastronomía de El Español

Os voy a confesar algo. Me encanta comer, obvio si escribo sobre gastronomía, pero no ha sido siempre así. De niño era bastante puñetero con la comida y le daba una guerra tremenda a mi madre. Sólo bastaba un tropezón en el puré para que no quisiera una cucharada más. Quizás es que era hijo único o que tenía mucha tontería, pero el caso es que comía poco y mal. Tanto que, a día de hoy, no me extraña que mi madre me acabase mandando al comedor para quitarse el problema (alias yo) de encima.

Lo cierto es que funcionó. En un par de años me dejé de tonterías, pero mi menú era más simple que el mecanismo de un botijo. ¿Mi definición de pasta? Macarrones con chorizo y tomate. ¿El arroz? Blanco, por favor. ¡Hasta pedía ese jardín sin flores que son las pizzas margarita! No había hueco para el placer y las especias ni estaban ni se las esperaban.

Y tampoco creas que el resto de aspectos de mi vida eran mucho más emocionantes. Era como la melodía de los ascensores: una aburrida repetición de notas que tienen miedo de resaltar sobre el resto. Hasta que un día me aburrí de ver lo mismo, ir a los mismos sitios y pedir los mismos platos. Me esforcé mucho en borrar todos los prejuicios posibles y probé todo lo habido y por haber.

Desde ese día han pasado casi cinco años y no puedo estar más contento. He afinado mi oído, me he perdido en todo tipo de historias e incluso he descubierto nuevos sabores. Sin embargo, cada vez me encuentro con más y más personas que en vez de seguir mi camino van en sentido contrario.

Joylent es comida de mentira

comida que alimenta el alma joylent

Foto por Asier G. Morato.

Puedo llegar a entender su utilidad pero, aunque resulten igual de nutritivos, no puedo comprender a la gente que sólo come batidos sustitutivos como Joylent. ¿Qué sentido tiene vivir si te alimentas a base de unos polvos insípidos? Los he probado y no están mal para salir del paso. Pero piénsalo bien, ¿en serio estás tan ocupado como para no poder cocinar comida de verdad?

Puede que algún día estés hasta arriba pero seguramente no sea por norma. Quizás un batido de Joylent te sacie el apetito pero dudo mucho que te llene tanto como un buen ramen. Del mismo modo que no te lo vas a pasar igual de bien en una cena fast food que en una de esas comidas con una sobremesa tan larga que se junta con la merienda. Os lo dice alguien al que el corazón le late a otro ritmo cuando se sienta a comer el cocido de su abuela.

Seamos sinceros. Salvo que te sirva para encontrar la cura del cáncer, es mejor que dejes de ahorrar tiempo con precocinados (porque Joylent no es otra cosa) y te prepares comida casera. No sólo vas a comer mucho más sano (y encontrarte mejor) si no que vas a acabar ahorrando mucho dinero.

No me entendáis mal. Con esto no quiero decir que todos los días haya que probar algo nuevo o pegarte el banquete de tu vida. Al fin y al cabo, si todo es especial ¿acaso hay algo que lo sea? Pero sí es importante abrir la mente y dedicar algo de tiempo a disfrutar de ese pequeño placer del día a día que es la gastronomía.

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